La noche de Sao Paulo hacia la autonomía de su identidad

La última década, la enorme ciudad brasileña ha sido un ejemplo de escena que se auto-sustenta bajo sus propios términos, pero esto no siempre fue así. La música electrónica se originó bajo las mismas lógicas colonialistas del resto de América Latina, hasta que nuevas generaciones cambiaron la hoja de ruta para convertirse en un ejemplo para el resto de la región.

Por Francisco “Chico” Cornejo

Adaptación en español por Damian Levensohn y Nicolás Castro

La vida nocturna paulista tuvo muchas épocas gloriosas a lo largo de su historia. Desde los ‘70 hasta los ‘90 fueron los bailes y los clubs en sus innúmeras encarnaciones —discotecas, danceterias, boîtes y dancing bars—, los vehículos centrales de diseminación masiva de la música de baile por la ciudad.

Esta situación no sólo se dio en los grandes centros urbanos, sino también en ciudades medianas del interior del territorio brasileño, poniendo en contacto a las varias poblaciones con las diversas tendencias musicales globales. Este modelo se mantuvo hasta finales del siglo pasado, afirmando las bases culturales del país.

Esa etapa formativa, que se fue apagando de forma gradual, dio lugar al nacimiento del fenómeno rave, instalándose incluso en los puntos más remotos de Brasil. Además, en esta época los festivales dedicados exclusivamente a géneros electrónicos empezaron a predominar entre los formatos de consumo privilegiados por los públicos metropolitanos, coincidiendo también con el momento de creciente internacionalización de la escena paulista. 

Club Toco en la década de los ‘80 (Por: Reginaldo Fukunaga)

Aquí acompañamos su inserción en los circuitos de consagración global a través de algunos artistas nacionales, como Ana & David, Renato Cohen, Gui Boratto y Marky, entre tantos otros talentos que conquistaron su lugar en esos eventos. El resultado de esa globalización, impulsada por la paridad cambiaria con monedas internacionales, posicionó a Sao Paulo como un punto clave dentro de las giras de los artistas internacionales.

Durante esta fase —1998 a 2010—, algunos espacios como Lov.e, el principal club de la ciudad en el fin del milenio, y luego D-Edge, lograron construir una reputación con carteles internacionales, sostenidos por un público local ávido de esta dinámica de visitas foráneas. Este escenario alcanzó su punto más alto a mediados de la primera década del presente siglo, marcando momentos memorables de lo que se pensaba como un ideal de entretenimiento nocturno.

Patife y Marky @ Skol Beats 2002 (por Fabio Mergulhão)

Grandes marcas como Creamfields, Sónar y MUTEK aprovecharon este período gracias al flujo de artistas extranjeros, dando lugar a exponentes locales que se adaptarían también a las propuestas de estos gigantes del mundo festivalero occidental. Estos factores impusieron un ritmo de intercambio intenso a las escenas musicales de los grandes polos económicos del país, especialmente en las regiones sur y sudeste, aunque extremadamente marcado por una desigualdad entre lo que entraba y lo que salía.

Lo que siguió fue una repetición de la formula al punto de tornarse en una necesidad nociva. Tanto clubs como público quedaron atrapados en una dependencia de las visitas extranjeras que pronto tuvo un costo muy alto: la fuga de cerebros y creadores. Los artistas locales no encontraban su espacio en la escena y decidieron buscar una evolución personal emigrando. A esto se sumó la pérdida de interés del público en las propuestas puramente apuntadas a la música electrónica, dejando a D-Edge —que particularmente se convertiría casi en un monopolio—, Vegas y Clash como los únicos espacios donde escuchar regularmente house, techno y otras vertientes, llegando a un público cada vez más reducido.

Esta situación derivó en que géneros de origen nativo brasileño, como el sertanejo, se hicieran cada vez más populares, acaparando la atención de mucha gente joven que antes tal vez se interesaba en la electrónica. 

Ricardo Villalobos en D-Edge, 2008 (Por Fabio Tavares)

VOODOHOP: EL INICIO DE UNA NUEVA VÍA

Paralelamente a todo esto, a partir de fines de la década del ´00 un nuevo movimiento retomaba las calles y se materializaba a través de la música, teniendo como inspiración los soundsystems móviles de tradición caribeña. Itinerantes y abiertos a todes, estos eventos reconfiguraron la relación entre la ciudad y sus ciudadanos de manera duradera y profunda, no sólo al ocupar espacios públicos, sino principalmente llenando un vacío institucional generado por la restricción financiera que ejercieron los clubs y la inexistencia de entes estatales encargados de desarrollar la cultura, para una gigantesca masa de jóvenes geográficamente periféricos a una metrópolis inmensa.

Dubversão, 2009 (Por Miguel Salvatore)

Este pujante segmento de nuevas posibilidades urbanas congregadas alrededor del baile dio lugar a un nuevo modelo de fiestas, que irían evolucionando a lo largo de la última década. El proyecto clave que marcaría el camino fue Voodoohop (2009). Ideado por dos expatriados europeos que se involucraron rápidamente en la vida electrónica paulista, la iniciativa logró conjugar hedonismo, surrealismo y activismo como características fundamentales de su concepto. Uno de los responsables fue Thomas Haferlach, un programador alemán que egresó en la carrera de robótica, y volcó este ímpetu inicial en un proyecto multiforme que logró cambiar permanentemente el paisaje nocturno de la urbe.

Lejos de haber sido algo que surgió de la nada, esto se nutrió de un contexto muy fértil y propenso, generado en el interior de la Virada Cultural; parte central de las políticas públicas de la alcaldía, que fue inspirado por las Nuit Blanches francesas y disponía una cantidad considerable de los equipos públicos por 24 horas para acontecimientos culturales patrocinados por la ciudad.

Voodoohop en Bar Do Netão (Por Thomas Haferlach)

Esta nueva ola estimuló a los ciudadanos a salir de sus zonas de comodidad espaciales y culturales. Fue un momento propicio para el desarrollo de organizaciones con ideas similares a las de Voodoohop, que dieron lugar a nuevas realidades como la ocupación de edificios ociosos, especialmente abundantes en la decadente región central. En una de esas construcciones se erigía Trackers, una escuela de producción musical y visual con un currículo estrictamente ligado a la enseñanza del uso de softwares libres. Sólo fue cuestión de tiempo para que ambos proyectos se encontraran y sus propósitos convergieran.

Poco antes de que esta sinergia ocurriera, Voodoohop ya había nacido como una manifestación espontánea en una de las vías paulistas más tradicionalmente bohemias. En la calle Augusta, hipsters, clubbers, traficantes y profesionales del sexo formaban un mosaico de gente en búsqueda de placer de los más variados tipos en un colorido y brillante fondo acentuado por fachadas de neón invitando a clubs, bares, prostíbulos y muchos otros establecimientos exóticos.

Según cuenta el propio Thomas, todo fue iniciado de una manera común a las propuestas de fuerte poder transformativo que se estaban constituyendo:

“Fue una noche de amigos que se estaban reuniendo con el único propósito de divertirse. Y nada más. Nadie quería ir a discotecas. Todos estaban cansados de la propuesta que la mayoría de los lugares ofrecían, que era pagar un precio por la entrada y obligar a la gente a pasar la noche entera en ese mismo lugar (…) Luego, hubo un día que empecé a tocar discos en Bar do Netão. La gente podía entrar y salir cuando quisieran. Empezaron a venir amigos de amigos, hasta que se hizo tan grande que tuvimos que migrar a lugares con más espacio”.

Tal ethos, caracterizado por una libertad de cualquier restricción, fue la semilla que germinó uno de los colectivos más revolucionarios de su época. Uno cuya fuerza creativa se diseminó por tantos otros que prosiguieron con su misión de renovación conceptual y revolución cultural a través de eventos de música, cuya identidad no se firmaba en un encuadramiento fácil, ya fuera el ético o el estético.

Esta liberación de las trabas que congelaban demasiado el panorama de los clubs —no sólo paulistas sino brasileños en general—, se manifestó tanto en una total ausencia de parámetros de discriminación del público en la puerta, como en un enriquecedor globalismo rítmico en la pista. Y, por tanto, este carácter ecuménico y ecléctico era algo celebrado y enriquecido en cada nueva fiesta.

Previsiblemente, un ambiente tan lleno de potencial para la libre creación resultó atractivo para el enorme contingente de artistas que no tenían muchas opciones para presentarse en un circuito tan limitado cualitativa y cuantitativamente.

Voodoohop aniversario en la Cascada do Pedrão 2013 (por Cury)

Pronto, diversas ediciones realizadas en localidades del interior de la provincia siguieron este impulso, buscando locaciones más bucólicas y contemplativas (y más compatibles con la esencia psicodélica de su concepto). Este movimiento de expansión afirmaba la naturaleza nómade de las realizaciones del colectivo, y también aseguraba la lealtad de sus seguidores, consolidando una constancia que desde el inicio fue aprovechada por los residentes.

Disponiendo de las ventajas que brinda la estabilidad del contacto frecuente con una platea ávida y familiarizada con sus ideales, dichos artistas empezaron a lapidar sus identidades sonoras y atraer sus respectivos públicos de acuerdo con sus perspectivas particulares. Cada una de esas visiones artísticas individuales logró coexistir armónicamente por un determinado tiempo, cultivando sus discípulos y principios hasta el momento en que lo inevitable ocurrió: una expansiva pulverización organizacional.

IDENTIDAD ES PODER

Si bien la lista de visitas que pasaron por la cabina de Voodoohop es larga, lo que realmente quedó plasmado como su legado fue la persistencia de cultivar a los artistas locales que orbitaban en torno a su núcleo creativo. Así, la plataforma fue un espacio seminal para nombres hoy consagrados como Abud, Pita Uchôa, Tessuto, Laura Diaz y Cashu, entre otros. 

Este fue el momento de inflexión fundacional del tema central de esta narrativa. A partir de aquí, múltiples espacios surgieron como un proceso que bien puede asemejarse al de la mitosis: desarrollando sus rasgos en las distintas reiteraciones de la célula madre, hasta separarse completamente y alcanzar su existencia individual. 

Calefação Tropicaos (2010) empezó como una sección dedicada exclusivamente a ritmos atemporales y procedentes de distintos rincones del vasto territorio latinoamericano. Funcionó desde el principio como una respuesta y un refugio de la música electrónica europea, derivada de las búsquedas incesantes en vinilo de sus fundadores, Walter Abud y Pita Uchôa.

Calefação Tropicaos en Trackers 

Cumbia oscura, samba rara, tango esotérico, son arqueológico… Prácticamente todas las encarnaciones musicales derivadas de tradiciones locales regionales tenían su espacio de privilegio en las sesiones a cargo de sus selectores. Aunque también había cupo para las reinterpretaciones que se hicieron de géneros más conocidos en esta parte del mundo: jazz chileno, soul argentino, R&B brasileño, funk venezolano, disco mexicano, y un largo etcétera. Las posibilidades eran infinitas. 

Por supuesto que esta amplia pesquisa no era inédita en la ciudad, pero el énfasis que se le dio sí, y eso quedó impreso como una de las marcas de la mezcla “voodoohopeana”, una apuesta que se mantuvo como una huella indeleble para las generaciones que vinieron y a quienes se inspiraron en sus métodos.

En esa época también surgió Carlos Capslock (2011), fruto de la inventiva y divertida mente del DJ Paulo Tessuto, quien creó este personaje ficticio que ironizaba con los personajes conservadores de Internet, burlándose de su característica forma de tipear todo en mayúsculas. Así, el factor más original y diferenciador de su propuesta fue la forma de interactuar con su público, creando un lenguaje propio de tono sarcástico y propósitos innegablemente políticos. 

DJ Tessuto, Carlos Capslock en Fabriketa (Por Cognição Eletrónica)

Dos aspectos se convirtieron en sellos imborrables de su propuesta: por un lado, no quedar ajeno a la realidad social y política del país, aprovechando cada desliz o escándalo a su favor, generando así eventos temáticos cuya comunicación giraba en torno a ellos, encontrando un nuevo canal de comunicación sumamente contestatario y transformativo.

Por el otro, y un aspecto que profundizó fuertemente una herencia de la nave nodriza, la ocupación de espacios en desuso alrededor de la ciudad. Eso ya había sido intentado por Voodohoop las veces que salieron de Trackers, pero en Carlos Capslock se convirtió en un distintivo llevado a su ejecución más completa. Así, Sao Paulo volvió a lucir su pasado industrial mediante el uso de fábricas abandonadas como la hoy legendaria Fabriketa, devolviéndole familiaridad con su ciudad a quienes frecuentaban las fiestas.

Ahora, si hablamos de ramas potentes, quizás la más emblemática nacida a partir de Voodoohop ha sido Mamba Negra (2013), el espacio donde este núcleo artístico llegó a su realización más plena incorporando un brío feminista irrompible y un discurso inclusivo y de emancipación verdaderamente contagioso, fruto de los fuertes lazos de camaradería que forjaron Cashu y Laura Díaz.

La fórmula del éxito radicó en construir a partir de las conquistas anteriores de sus pares, pero incluyó también un vocabulario único, el uso experto de redes sociales para propagar rápidamente sus eventos y una gráfica inspirada en el constructivismo y el agitprop —la comunicación de ideas del comunismo en el siglo XX— para entregar un mensaje claro de independencia femenina y activismo no-binario.

En palabras de sus propias creadoras, “Mamba nació en mayo de 2013. Nuestra historia comenzó en 2009, al menos, en un momento de efervescencia cultural y política en el centro de Sao Paulo. La música electrónica estaba ganando fuerza en la escena underground fuera de los clubs y nos reunimos, trabajando hacia la creación de tal contexto de fiestas callejeras en lugares degradados, festivales autogestionados, ocupaciones estudiantiles, artísticas y habitacionales. Nos reunimos para explorar un aspecto marginal del hedonismo tropical. Algo más denso, libertino, ácido y envolvente”.

La inclusividad y accesibilidad pasó a ser un tema radicalmente prioritario, llevando la movilidad geográfica y búsqueda de lugares inéditos a proporciones cinematográficas, apoyadas por movimientos sociales que abogaban por el derecho a vivienda como MSTS, comprometiéndose así con el entorno único de su ciudad y logrando un poder colectivo que deviene de sus principios de igualdad y libertad. Algo que vale la pena resaltar dentro del contexto de una ciudad cuyo status quo extremadamente conservador suele oprimir a sectores de la población que aquí encontraban un espacio seguro.

Teto Preto, Mamba Negra en Centro Janina McQuoid, 2018 

Un buen ejemplo del impacto de esta ética fue el auge de Teto Preto, el súpergrupo nacido en Mamba Negra que pasó del underground paulista al mainstream nacional sin transar sus ideales, su performance contestataria y sus temáticas políticas.

Naturalmente, la popularidad de todos estos eventos y colectivos se tradujeron en éxito comercial y auto sustentabilidad, pero lo que es más importante aún: esta expansión instaló un nuevo punto de referencia para el entretenimiento nocturno de Sao Paulo, al mismo tiempo que rompió la barrera entre los artistas y la audiencia, o entre la cabina y la pista, lo que se ejemplifica perfectamente en el surgimiento del performer: bailarines —predominantemente trans, aunque cualquiera es bienvenide— que borraron la distinción entre espectáculos y espectadores.

UN NUEVO MOVIMIENTO AUTOSUSTENTABLE

Esta historia de verdadera transformación urbana con identidad no podría estar completa sin incluir a Gop Tun y Selvagem (2012), que pueden apreciarse conjuntamente por compartir un origen similar: conocerse a través de Internet en grupos de búsqueda musical, cazando digitalizaciones de discos raros y explorando música electrónica lejana al eje anglo-germánico.

Millos Kaiser y Trepanado, fundadores de Selvagem, son unos apasionados de la música cuya adicción al digging los acercó en una amistad que derivó en una exitosa relación profesional. Y fue a través del mismo Thomas Haferlach que encontraron la sede simbólica de sus primeras ediciones: el recién reformado Paribar, en pleno centro bohemio de la ciudad.

En un comienzo, las fiestas fueron gratuitas y ganaron rápidamente adeptos entre periodistas –su profesión original–, literatos, artistas y especialmente en la comunidad gay que hasta entonces carecía de una oferta musical más ambiciosa. Este crecimiento orgánico los impulsó a buscar lugares mucho más amplios, llegando incluso a salir de la ciudad para encontrar espacio en Rio de Janeiro, donde establecieron una alianza con Comuna e instauraron una tradición de montar fiestas memorables en la época del mítico Carnaval.

Selvagem en Paribar, 2013 (Por: Edu Magalhães)

Sus fundadores vieron sus propias carreras crecer internacionalmente y ampliar su presupuesto para poder traer selectores que admiraban de otros rincones del mundo, en algo que lejos de ser una traición a sus principios, se trató más bien de una consagración irrevocable como una de las pistas más exitosas en la conjugación de alta calidad musical con una atmósfera única de hedonismo.

Es en este punto es donde conviene entrelazarnos con la historia de Gop Tun, no tan sólo por su origen en la cacería de discos, sino también por ser uno de los más claros ejemplos del éxito comercial, siendo una fiesta que creció sostenidamente por tres años a través de los sonidos que encantaban a sus miembros, pero que fue mucho más allá de sus pares DJs y productores.

Las primeras fiestas eran básicamente reuniones de amigos –la mayoría más financieramente estables que el público que asistía a los eventos de los otros colectivos– acostumbrados a festivales y clubes, pero ya aburridos de lo que éstos ofrecían. Su crecimiento explosivo significó que también pudieron ir a buscar a sus artistas internacionales favoritos, alcanzando un equilibrio entre joyas locales con propuestas frescas de pistas extranjeras.

Como el resto, también se vieron obligados a alejarse de zonas céntricas para ir a buscar espacios industriales capaces de albergar un público un aumento, algo que no siempre fue tan bien recibido por el núcleo de su público más acostumbrado a las comodidades de la vida distante a la periferia.

Fatima Yamaha, Gop Tun Dekmantel Showcase en Praça das Artes (Por: Felipe Gabriel)

Las demandas cada vez más exigentes hicieron que ambos colectivos tuvieran que dejar sus trabajos diurnos para dedicarse en un 100% a atender su continua expansión, lo que llevó a sus fundadores a entender mejor su rol dentro de la sociedad y su escena. Así llegaron necesarias iniciativas como generar pistas dedicadas a talentos exclusivamente brasileños y abrir un intercambio, hasta entonces inédito, con otros talentos latinoamericanos.

Hay muchos otros esfuerzos organizados alrededor de un concepto singular que podrían ser incluidos también aquí: la contemporánea ODD (2013) y su elevación del contenido artístico a un nivel sublime; la pionera Soul Set (2011), como un refugio dominical para los amantes del house; la visionaria Laço (2010) y su tentativa de congregar variados lenguajes artísticos en un evento vespertino; Colab y Metanol (2011), con sus respectivos énfasis en ritmos futuristas de la diáspora africana. En fin, una infinidad de iniciativas que contribuyó para que este mosaico urbano tan efervescente culturalmente moldeara la segunda década de este siglo.

Metanol na Rua en Vila Madalena (Por: Samuel Esteves)

Este potente ecosistema es el resultado del encuentro entre los esfuerzos de cada colectivo por alcanzar ideas y sueños, con el deseo de una multitud urbana desprovista de acceso a la diversidad cultural que una enorme ciudad como Sao Paulo posee en cada rincón. También, y aunque haya tenido momentos puntuales bastante álgidos –protestas en 2013 y 2016, una huelga estudiantil en 2017 y ocupación de edificios en apoyo a la población sin techo–, respondió a una relación fluida con una alcaldía conectada con los anhelos del mundo artístico y el entendimiento de la importancia del desarrollo cultural para mantener la reputación mundial de una ciudad de su magnitud. 

Y si bien el camino hacia la profesionalización pueda traer consigo burocracias legales de las que hacerse cargo, también entregó una nueva conciencia sobre el trabajo y el cuidado hacia los artistas y talentos. Así, todos han extendido sus actividades más allá de la producción de eventos, generando por ejemplo sellos, agencias de booking y management bajo los mismos términos de quienes forjaron sus conquistas producto de su propia lucha.

Estos han sido algunos de los hitos clave en el desarrollo de un movimiento que responde y ensalza su propia identidad, uno en el que sus protagonistas aún albergan la esperanza de que la pandemia no revierta todos estos avances tan importantes. Sin duda, esta será la gran prueba de longevidad y sustentabilidad para una historia que ha sido tan transformadora para el ecosistema artístico de una ciudad que –más allá de su enorme escala– muy bien puede servir de ejemplo para el resto de las escenas de América Latina.

Cashu y Paulo Tessuto @ SP na Rua

Por Francisco “Chico” Cornejo

Adaptación en español por Damian Levensohn y Nicolás Castro